domingo, 9 de julio de 2017

Paganidad viva y acosada




En estas primeras mañanas de Julio acabo de ver, como de costumbre, el encierro. Hace años corrí en San Fermín -también en otros encierros- y sé lo que es ver un toro de cerca. Minotauro, un castillo vigoroso que impone, una mirada impersonal que sabe matar, una presencia de apabullante belleza derramándose... El corredor sabe de su propia muerte... El ritual la deja un hueco, una oquedad por la que se cuelan Misterio y Vacío... No estamos ante una ficción ni ante una representación escénica. Todo queda abierto. La muerte asoma.

El toro, esa irrupción de la muerte como compañera... La muerte; la muerte que menos temida da más vida... Eso nos decían los abuelos en un viejo dicho medieval que se perdió. Eran otros tiempos, tiempos de cercanía con la Tierra, con la Physis(1); tiempos que sabían que la Tierra es bella no por ser jardín sino por ser selva; selva, orden, llamada a Ser, medida y Unidad... Coincidentia oppositorum...Por aquel entonces hombre y tierra eran nitidamente Uno y las costumbres de los hombres desgranaban esa cercanía. Los viejos tiempos paganos, los tiempos de los hombres de la Physis, laten en el encierro; viejos modos de ser hombre, modos intempestivos, modos que no son amables, modos que desgranan un calado insondable y un corazón encendido.

Los tiempos han cambiado. El toro deja de ser un totem -o un dios o un daymon- y pasa a ser humanizado. Esa humanización nos acerca a su dolor en la lidia y los encierros pero también introduce al toro en la producción industrial de carne entregándolo al mayor de los horrores imaginables: el de los mataderos y la vida estabulada. Sinceramente, no creo que el toro salga ganando con esa humanización. Tampoco sale ganando el imaginario del hombre en la ceguera devenida al valor de esos viejos tiempos de intimidad con Physis y Tierra. Esos tiempos en que nuestros antepasados chapoteaban en los pastizales bajo el sol, el viento, y la lluvia sabiendo de las cautelas y del saber hacer que todo entusiasmo exige. Lidiando con la selva, siendo la selva misma... Paraíso recio de belleza primigenia, cópula y cruce de finitud y eternidad... No idealizo esos tiempos recios y bellos. Me limito a constatar su valor y el calado de su mundo y mirada.

Estamos muy lejos de esos tiempos de comunión entre hombre y naturaleza. De la lidia del toro bravo solo se entiende el dolor del toro y abrirse a ese dolor es algo noble. Con todo, la pérdida del tránsito acaecido es tremenda en el orden del imaginario. Los toros, un ritual pagano e intempestivo que, insólitamente, pugna por sobrevivir en tiempos hipermodernos... De un lado, ese apertura y reconocimiento al dolor del toro. Del otro, la compleja elaboración ritual, estética y axiológica que rodea los festejos taurinos como ritos de probatura de valor que despliegan una intensa complejidad simbólica en tanto expresión de lo humano. La disyuntiva no es sencilla ni se sale de ella demonizando la posición contraria. Todo depende del imaginario donde uno quede ubicado. Tómese nota de que todos los imaginarios no tienen el mismo valor. No abren las mismas puertas.

(1) Physus: En griego clásico naturaleza, aunque entendida desde su potencia de regeneración que permanentemente queda abierta a su renovación incesante 


















No hay comentarios:

Publicar un comentario